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#RompeElarmario

Acabemos con la violencia hacia menores LGTBI
Una campaña de FELGTB y Save the Children

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  Campaña realizada por:

La Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) y Save the Children lanzan conjuntamente la campaña #RompeElArmario

La violencia hacia la infancia sigue siendo un problema en nuestro país. Sin embargo, la percepción social hacia esta problemática pasa en gran medida desapercibida. Una de las formas más perniciosas de esa violencia es la que sufren las niñas y los niños LGTBI. La soledad a la que se enfrentan es algo que no sufren otros niños y otras niñas en situación de especial vulnerabilidad ya que el rechazo puede proceder tanto de personas externas como de sus propias familias cuando no respetan su orientación sexual, su identidad de género o su expresión de género. La ausencia de legislación que les proteja conlleva una preocupante situación de riesgo para su salud y bienestar.

Historias reales

Historias compartidas

Desde que era muy pequeño sufrí acoso por parte de otros compañeros de clase porque consideraban que me expresaba de forma amanerada. Me pegaban y me insultaban, llegaba a casa con moratones, pero no se lo contaba a mi familia. Llegué al instituto donde era incluso más común que pegaran a la “persona diferente”. Un día, antes de entrar en clase, me acorralaron 3 o 4 compañeros, me apartaron del resto del grupo y me estamparon contra una pared. Me hicieron sangre. No puede dejar más tiempo sin contárselo a mi familia. Si me recogía mi padre en el coche, iba corriendo para evitar que me agredieran. Incluso me agachaba dentro del coche para que no me vieran. En aquellos años sentía que mi vida valía menos.

LUIS MIGUEL. Tenerife. ¡Bujarra!

Isabel es una niña trans de sólo 5 años. Siempre ha querido ser Isabel, vestir de princesa y jugar con las niñas de su colegio. Rechaza su propio cuerpo, con el que no se identifica. En el cole sus compañeras, compañeros aceptan su identidad y sus profes han adaptado el centro para respetar al máximo a la pequeña. Isabel tiene un papá y una mamá que están separados. Pasa una semana con papá y otra con mamá. Su padre no entiende que Isabel es una niña y niega su identidad. Con él, ella es Nico, y la obliga a vestirse de niño. Sufre porque quiere a su papá y no entiende por qué la trata como alguien que no es. Sufre ansiedad, depresión y trastornos del comportamiento. Sufre porque le niegan ser quien quiere ser. Una semana sí, una semana no.

ISABEL. Salamanca. ¡No eres una niña!

A mis 16 años me enamoré de una compañera de clase, a la que le mandaba notas de amor. Una monja de mi instituto, cuando se enteró, se empeñó, por todos los medios y a pesar de mi oposición, en reunirse con mi padre y mi madre para contárselo. Al llegar a casa, mi madre me gritó muy enojada “¿tú qué quieres? ¿Que la gente te llame tortillera?”. Nunca más se volvió a hablar de ello, pero esa experiencia marcó para siempre nuestra relación. En el pueblo, los niños me tiraban naranjas cuando paseaba en bici, mientras, como predijo mi madre, me gritaban tortillera. Tuvieron que pasar muchos años, fallecido ya mi padre, para que mi madre y yo hiciéramos las paces. Ella ni siquiera se acordaba de aquello que tanto me había dolido.

AMALIA. Sevilla. ¡Tortillera!

Yo no fui un niño popular, era más bien el típico niño gordito, sabelotodo, hijo de un profesor y bastante afeminado que acabó visibilizándose como bisexual. Durante mis primeros años en el colegio recibí insultos y fui increpado, pero todo empezó a empeorar poco antes de cumplir los 14 años. Un grupo de gente en mi clase empezó a tomarla conmigo. Gritarme, intimidarme en el aula, tirarme piedras en al camilo a casa, manosearme para burlarse o lanzarme objeto, siempre con cuidado para no dejarme marcas. Mi padre trabajaba en el colegio. Lo oculté por miedo a represalias aún peores. Empecé a comer por pura ansiedad. Mi estrés y mi tristeza empezaron a ser evidentes. Mis acosadores solo me dejaron tranquilos cuando mi hermana los identificó y se enfrentó a ellos. Siempre me ha hecho gracia que el único daño visible de ese periodo de mi vida es una pequeña cicatriz en un dedo, cuando lo que viví ese año fue un inferno.

MARIO. Asturias. ¡Afeminado!

Cuando era pequeña quería llevar el pelo corto, odiaba el color rosa, me gustaba leer y no callaba nunca. Todos los días durante el recreo tenía que escuchar lo mismo: que parecía un niño, que era bajita, gorda, fea, charlatana y muy rara. A veces me encerraban en el baño durante el recreo, me decían que era tan rara que no podía estar fuera con las demás niñas. Una vez se burlaron de mí en clase porque escribí un poema a otra niña. A veces me encerraban en el baño durante el recreo, me decían que era muy rara y que no podía estar fuera con las demás niñas. Durante mi infancia, fui demasiado sensible, susceptible e influenciable por temor a que me dejaran de lado o se metieran conmigo. Llamaba la atención de las personas adultas para no sentirme tan sola y tan rara.Viví con una autoestima baja hasta que me acepte a mi misma y me reconocí como una mujer lesbiana.

CRISTINA. Tenerife. ¡Marimacho!

Nací en Galdar, un municipio de Gran Canaria, en 1965.Al nacer me asignaron el género masculino, pero yo era una niña. Desde los 5 años tuve broncas por jugar con niñas, por saltar a la comba, por no ser el hombrecito de la casa. Era todo, como gesticulaba, como hablaba, cómo caminaba, cómo me relacionaba, lo que contribuía a la humillación familiar. Una mañana mi padre me llevó a la ciudad y me dijo que esperara allí hasta que volviera. Pero no volvió. Tenía 12 años. Comer sobras y dormir en el interior de una barca de la playa no es vida, pero volver a casa no era una opción. Me fue convirtiendo en el “pobre niño”. Fui descubriéndome como mujer a la vez que me introdujeron en el mundo de la prostitución. La madre de mi pareja me ayudaba a buscar hormonas y clientes. Eso sí, evitaba subirme la falda con la excusa de que era menor. Texto adaptado de Historias de Vida Trans del Colectivo Gamá

YANELI. Gran Canaria. ¡Puta!

Cada vez que paso por la calle de mi colegio sigo viendo el banco donde me sentaba para examinar los gestos inadecuados o “femeninos” que tenía. Recuerdo cómo me ponía a hacer ejercicios para quitármelos. No era una cuestión de estética sino de pura supervivencia. Las risas, las preguntas humillantes, las burlas, las carcajadas y el aislamiento iban a más. Eran habituales las patadas, bofetadas, collejas y los golpes secos en la espalda que hacían que corriera sin mirar hacia atrás, escuchando solo risas a mis espaldas. Pero el dolor físico nunca era lo más doloroso. Nunca se me olvidará cuando aquel chico saliendo del colegio cogió un cigarrillo del suelo y decidió apagármelo en la mejilla. Pero mi preocupación no era ese dolor, sino cómo iba a explicar en casa esa quemadura que, a diferencia de los golpes o los empujones, no iba a poder disimular. Lo peor era la absoluta soledad, el miedo constante a rechazo, el no poder ni siquiera explicar ese acoso.

RUBÉN. Toledo. ¡Maricón!

Creo que sufrí discriminación durante toda mi infancia. Una razón pudo ser el haber elegido un deporte como la gimnasia rítmica. Los profesores, gente adulta, fueron de los primeros en decirme que ese era un deporte de chicas. Con 11 años no lo entiendes muy bien, pero aceptas, callas. Dejé la gimnasia rítmica y entré en ballet. Ahí es cuando te pones mallas y te dicen directamente que eres una chica. La gente te señala, se ríe y, en mi caso, me comparaban constantemente con mi hermano gemelo, que es heterosexual Que un profesor te cuestione los juguetes que te vas pedir para Reyes o que te pregunte si tu personaje favorito de una serie es el gay supone una violencia tan sutil que cuesta comprenderlo si no se ha sufrido. Recuerdo que la gente se apartaba en el instituto para que yo pasara. Pasé de ser el hazmerreir a convertirme en un complemento de moda, para luego, volver a excluirme.

AITOR. Madrid. ¡Nenaza!

Me llamo Lipe, aunque a veces me hago llamar Lipa, y soy una persona no binaria. Yo no me considero ni hombre ni mujer, algo que todavía genera una absoluta incomprensión para la mayoría de la sociedad.

Todavía recuerdo a mi abuela regañándome para que no jugara con muñecas, para que no me pusiera faldas ni me maquillara dado que, según ella, eran “cosas de niñas”. Quizá no tuviera la intención de hacerme daño, pero nadie puede hacerse una idea del sufrimiento que supone esa incomprensión. Si no era ni un niño ni una niña, ¿qué era? Día tras día se me negaba lo que sentía, forzándome a asumir una identidad que no era la mía. Ese tipo de violencia es el resultado de tratarnos como personas enfermas, del desamparo legal que hemos sufrido las personas no binarias en nuestra infancia y que persiste en la edad adulta.
LIPE. Málaga. ¡Bicho raro!

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